Un testamento de cosas oblicuas, una risa errónea en la última habitación del detestable pasillo, donde tantas veces me vi enfrentada al dolor, y ahora yo soy quien río, tal vez es la impotencia, quizás por que se todo lo que me espera, miro con cautela mí alrededor y pienso en cada una de las palabras que te regalare en un vacío festín, para que guardes desatento, en tu memoria. Halagaré mis ideas, y conforme, estoy conforme, miro a la niña que se refleja en el espejo, y le sonrío, ella también conoce mis planes, le entrego un suspiro, y le guiño un ojo.
Cae la noche y retiro de las oscuridades aquel cuadernillo, donde escribo cada paso, cada aliento, cada ultimo aliento, y te percatas que no logras entender lo que digo, te frustras y me persigues, y no, no te daré respuesta alguna, las encontraras solo o sola, como yo halle las mías.
El desgarrador sentir de estas inútiles constelaciones me aterra, y me guaro bajo un manto destructivo de terribles golpizas, enfrentándome, para perder, y ser derrotada, con la esperanza, con la falsa esperaza de algún día vencer.
Con magulladuras en mi cuerpo, despierto otra mañana, cuando la fría brisa del rencor ya se ah marchado, levanto la mirada, y sí, aun sonrío, por que todo ah dejado de importar, susurro a su oído aun dormido palabras de odio, palabras podridas en mi cruel mente, envenenando cada uno de sus pensamientos, me alejo, y antes de cerrar la puerta, sonrío, si, sonrío otra vez.
Y tras aquella puerta, silenciosa, y ansiosa, espero la hora de alertar a la niña del espejo, entonces cuando afín pueda dar esa señal mis ojos intrépidos se paralizan mirando hacia el final del pasillo, donde la puerta siempre cerrada se abre, cegando con una luz amarga mis ojos, esa luz que me calcina, que poco a poco, dulcemente me hiere.
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